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Dossier

Última actualización 01/11/2004@00:00:00 GMT+1
Toda la literatura espiritual, las experiencias de quienes han estado clínicamente muertos, los viajes astrales o las vivencias de los chamanes afirman que la muerte no es un final, sino un umbral, la puerta de entrada a una Realidad desconocida y radiante que no sabemos describir con palabras. Ha llegado el momento de mirar la muerte con ojos nuevos y comprender que nuestros miedos no están justificados.
Sumarios

Más de doscientos millones de personas en el mundo han pasado por una muerte clínica y conocen esa sensación de unidad cósmica y de sentirse miembros de algo mucho más grande.

Existen asombrosas coincidencias entre las descripciones de los viajes chamánicos y los relatos de las personas que han estado clínicamente muertas.

Hasta la fecha, no se ha podido probar que los casos de reencarnación aportados por el profesor Stevenson sean un engaño o un fraude.

El reino de la muerte es un reflejo de los contenidos de nuestra conciencia. Si en la muerte nuestra conciencia es luminosa, el más allá resultará igualmente atractivo.

La doctora Kubler-Ross constató que los niños que saben que van a morir dibujan la muerte como un cambio de estado, no como una aniquilación.

La creencia en que la muerte no es un punto final y que tras ella la vida continúa no es en modo alguno una alucinación, ni tampoco un fraude ni un engaño amable con el que tratamos de consolarnos. Por el contrario, desde hace unas décadas existen abundantes pruebas de que algo de nosotros sobrevive tras ese trance al que llamamos muerte, testimonios tan contundentes que a partir de ellos se hace difícil seguir considerando la muerte como una aniquilación.

Si eres de los que está convencido de la inmortalidad del espíritu humano, no tengas miedo a las críticas de los escépticos, porque como afirma Colin Wilson, experto en filosofía y ocultismo, “existe tanta o más evidencia de la supervivencia después de la muerte que de la existencia de los agujeros negros”. Y si eres de los que tienes miedo a la muerte, tal vez este artículo te ayude a entenderla de otra manera, porque en él hemos seleccionado para ti algunas de las evidencias más fiables de que la conciencia perdura más allá del cuerpo.

El misterio de la conciencia
En todas las religiones y sistemas filosóficos orientales nos encontramos con la misma creencia en que la conciencia perdura más allá de la muerte y que ésta no implica el final, sino más bien un estado de transición o transformación. Algunas de estas tradiciones espirituales sostienen que el fallecido atraviesa una serie de estados y pruebas; otras nos hablan de que la conciencia se reencarna en un nuevo cuerpo; y finalmente las hay que consideran a la muerte como una oportunidad única para alcanzar la liberación final y fundirnos con el Absoluto.

Solamente en Occidente, influidos todavía por la ciencia mecanicista, tenemos una concepción trágica de la muerte. Al considerar que la conciencia está ligada al funcionamiento del cerebro, hemos concluido que la conciencia deja de existir cuando el cerebro muere. Para los escépticos occidentales, creer en otra cosa no es sino la expresión de nuestros miedos más ancestrales. ¿Pero es esto así? ¿Realmente la conciencia está tan ligada al cerebro como parece?
Desde hace unas décadas, estudiosos de la muerte como Elisabeth Kubler-Ross (ver recuadro), Raymond Moody o Stanislav Grof han mostrado con su trabajo precisamente lo contrario: que la conciencia humana posee potencialidades asombrosas que apenas comenzamos a intuir y que puede funcionar independientemente del cerebro. Las pruebas que ellos han acumulado constituyen verdaderas puertas abiertas a la inmortalidad y demuestran que la conciencia es capaz de cosas inconcebibles para la mente racional. Veamos algunas de ellas.

Visión paranorámica: algo más que alucinación
Sin duda habrás oído hablar de que en el momento de la muerte toda nuestra existencia desfila instantáneamente ante nosotros. Estos relatos, que antes pertenecían a la leyenda, han pasado a formar parte de la ciencia clínica gracias a los testimonios aportados por las personas que han pasado por una muerte clínica y han regresado después. Pero la historia de esta “visión panorámica” no es nada nuevo, sino que ha estado presente desde las edades más remotas del hombre.

Tal como la describe el doctor Raymond Moody, tras haber interrogado a multitud de personas que estuvieron en situación de muerte clínica, la visión panorámica de la vida es una experiencia muy rápida, tanto que los recuerdos de toda nuestra vida pueden aparecer simultáneamente y somos capaces de abarcarlos con un solo vislumbre. Son imágenes muy vívidas y reales que pueden tener lugar ante la presencia de un ser espiritual superior que nos acompaña en esos momentos.

Lo cierto es que la visión panorámica demuestra que la actividad mental puede acelerarse enormemente y que los pensamientos pueden procesarse a una velocidad inconcebible. La aceleración mental es tan fuerte que tenemos la impresión de que el tiempo del mundo se ralentiza y somos capaces de digerir, en un solo instante, todo el contenido de nuestra vida.

Este tipo de experiencia parece negar categóricamente nuestras ideas sobre la mente y el cerebro y afirmar, por el contrario, la existencia de un mundo mental transpersonal y un estado de conciencia nuevo y con posibilidades insospechadas para la mente que ha abandonado el cuerpo físico.

Experiencias cercanas a la muerte: nadie quiere regresar
“Externamente considerada, la muerte parece terrible, pero una vez estás en su interior disfrutas de tal plenitud, paz y satisfacción que ya no quieres regresar”. Estas palabras no son las de un místico o un yogui, sino que fueron enunciadas por una de nuestras mentes científicas más brillantes, la del psiquiatra Jung. Y reflejan además de un modo muy fiel los sentimientos de aquellos que han pasado por un trance de casi muerte, quienes definen este tránsito como un estado de enorme beatitud y paz.

En una encuesta realizada en Estados Unidos, se constató que uno de cada diecinueve norteamericanos habían pasado por una experiencia próxima a la muerte (ECM), lo que extrapolado a la población mundial nos daría una cifra de más de 270 millones de personas en el mundo entero que conocen de primera mano esa sensación de unidad cósmica y de sentirse miembros de algo mucho más grande. Así lo describen los protagonistas de estas vivencias, quienes también hablan de haberse sentido embargados por una paz desconocida y profunda, un estado beatífico tan agradable que les hace desear permanecer allí para siempre.

El norteamericano George Rodonaia es, en la actualidad, una de las personas que más tiempo ha permanecido clínicamente muerta. Su historia es peculiar: hacía dos días que los médicos habían certificado su muerte cuando un forense advirtió que el cadáver de George había abierto los ojos. Tras aplicarle la respiración asistida, el difunto estaba de nuevo vivo, y tenía mucho que contar. “Comprendí que la muerte no existe –afirma George-, que es simplemente una parada en el camino… Puedo recordar una extraordinaria oscuridad, y después la Luz. Cuando esa Luz me envolvió, comprendí instantáneamente los secretos del universo”.

Su caso es un ejemplo típico de experiencia de muerte clínica, y los que pasan por ella afirman que tener que volver a la vida supuso una dura decisión que se vieron obligados a tomar porque sabían que su tiempo todavía no había concluido y sentían la obligación moral de retornar. Los críticos de estas experiencias hablan de una alucinación tóxica, producida en el cerebro cuando éste se encuentra a punto de extinguirse. Sin embargo, cuesta creer cómo una simple alucinación puede implicar cambios tan sustanciales en las vidas de sus protagonistas, porque todos los que conocen las ECM han mudado por completo sus valores, otorgan a la vida una validez única y modifican sus actitudes egoístas y sus maneras de relacionarse con los demás, conscientes de que su vida es una oportunidad irrepetible. Si esto es una alucinación, todos desearíamos tenerla.

Kenneth Ring, uno de los mayores expertos mundiales en la materia, está convencido de la realidad del fenómeno y de la coherencia de estos relatos. Para Ring, los protagonistas de las ECM se han convertido en mutantes psicológicos, portavoces de un nuevo tiempo que tienen la misión de mostrarnos el futuro. “Esta gente de la que estamos hablando son gérmenes, la avanzada de una raza que ya comienza a brotar”, -afirma Ring.

Experiencias extracorporales: la conciencia abandona el cuerpo
Si la conciencia fuera tan dependiente del cuerpo como aseguran los materialistas, ésta no podría seguir activa de una forma separada e independiente. Sin embargo, esto es exactamente lo que ocurre en las llamadas experiencias extracorporales o viajes astrales, que normalmente aparecen ante situaciones de riego inminente o de muerte clínica, pero también en circunstancias normales.

Alicia Fuertes, una mujer sevillana, se despertó una noche sobresaltada, con la sensación de que alguien había entrado en su habitación. Llegó incluso a levantarse de su cama, y cuando se encontraba junto a la puerta descubrió que en el sillón de su cuarto había alguien sentado, la silueta oscura de un hombre de edad avanzada. Alicia se hubiera sentido asustada si no fuera porque aquel descubrimiento iba acompañado de otro igual de sorprendente: ella no sólo podía ver esa silueta extraña, sino también su propio cuerpo durmiendo en la cama.

Cuando despertó por la mañana, pensó que todo había sido un extraño sueño, hasta que una vecina de la casa colindante se arrojó llorando en sus brazos y le comunicó que su padre había fallecido durante la noche. Alicia supo entonces, sin el menor atisbo de duda, que la figura que había visto en su experiencia extracorpórea pertenecía a la de ese hombre ya difunto.

Tanto el Libro tibetano de los muertos como casi toda la literatura espiritual están llenos de experiencias extracorporales. Los estudios de Kubler-Ross o Moody son pródigos en el recuento de testimonios de pacientes que, tras ser considerados clínicamente muertos, cuando regresaron a la vida fueron capaces después de narrar con todo lujo de detalles quiénes eran las personas presentes en el cuarto, sus pensamientos y sus palabras, o bien habían percibido simultáneamente acontecimientos que ocurrían en distintos lugares al mismo tiempo y que después podían corroborarse.

El relato de estas personas es coincidente. De repente se sienten despedidas de su cuerpo hacia el techo y observan con pasmo su propio cuerpo sobre la camilla, las idas y venidas del personal sanitario, los procedimientos de resucitación. Por lo general no se sienten asustados, sino más bien liberados; contemplan su vieja forma física como algo ajeno e indiferente mientras disfrutan de un estado de relajación desconocida. A veces son capaces de atravesar paredes y techos y penetrar en otras habitaciones, o de salir volando por la ventana del cuarto.

Por lo general, ninguna de estas personas se siente atemorizada o desea regresar a su cuerpo. Por el contrario, muchos relatan la presencia junto a ellos de un ser luminoso que les aporta total confianza, y allí, al fondo, una atractiva luz indescriptible de la que emana bondad y belleza, una luz hacia la que se sienten poderosamente atraídos…
La investigación con psicodélicos, la terapia holotrópica y otros tipos de psicoterapia han utilizado diferentes métodos para inducir en las personas experiencias extracorpóreas. Los chamanes se han embarcado en viajes fuera del cuerpo desde el albor de los tiempos, con o sin ayuda de sustancias alucinógenas. Y hay humanos que parecen especialmente dotados para la empresa, y que acostumbran a sentir que abandonan su cuerpo durante el sueño nocturno e incluso se contemplan a si mismos dormidos.

Los casos son tan numerosos que es imposible seguir cerrando los ojos: todo parece indicar que la conciencia posee una existencia independiente del cuerpo y del cerebro.

Reencarnación: nuevos cuerpos para almas muy viejas
En el Tíbet, se conoce como tulkus a los niños que se supone son las reencarnaciones de maestros budistas ya fallecidos. Localizar a un tulku, un reencarnado, no es un proceso sencillo. Primero, el lama jefe debe tener sueños premonitorios que le indican dónde buscar a ese niño; tras encontrarlo y explicar a su familia la situación, el pequeño es llevado al monasterio y sometido a duras pruebas: debe reconocer los objetos de su antecesor, o demostrar similares aptitudes y carácter, o incluso poseer las mismas señales en el cuerpo.

Hasta aquí, muchos podrían decir que se trata de un mito. Pero hace unos años, el conocido libro Veinte casos que hacen pensar en la reencarnación, publicado por el profesor Stevenson, de la Universidad de Virginia, supuso toda una conmoción en el mundo de la ciencia. Según afirmaba Stevenson, la única explicación plausible para las historias que él recoge, y que ocurren fuera del Tíbet, es la existencia de la reencarnación.

Este tipo de relatos, ampliamente documentados, suelen tener un patrón común. Un niño entre los cuatro y los nueve años afirma recordar escenas de una vida pasada y acontecimientos biográficos de su anterior existencia que incluyen a su anterior familia, el lugar en que vivió, su ocupación en la otra vida o las circunstancias de su muerte. Finalmente, investigadores imparciales corroboran la veracidad de estas informaciones. Se trata de datos que de ningún modo conocido podrían haber llegado hasta la mente de ese niño, salvo que aceptemos la posibilidad de la reencarnación…
En ocasiones estos niños manifiestan un fenómeno conocido como xenoglosia, o lo que es lo mismo, comprenden un idioma extraño que jamás aprendieron. La xenoglosia se ha convertido en una de las evidencias más importantes que apuntan a la reencarnación, pero lo cierto es que hay otras explicaciones para este fenómeno. Una de ellas es la clarividencia inconsciente, en la que la persona se identifica con alguien del pasado y llega a asumir sus características. Otra posibilidad sería que nacemos con una memoria genética en la que se almacenan los recuerdos de nuestros ancestros.

Sin embargo, se trata de explicaciones débiles, que resultan tanto o más difíciles de creer que la propia reencarnación. A este respecto la ciencia suele seguir una máxima: cuando una explicación en vez de simplificar complica aún más las cosas, normalmente se trata de une explicación equivocada. En cualquier caso, guste o no a los escépticos, los casos aportados por el profesor Stevenson siguen constituyendo hoy en día la evidencia más palpable de que la conciencia sobrevive a la muerte del cuerpo. Y nadie, hasta la fecha, ha podido demostrar que hubo en esos casos fraude o mentira.

Chamanes, los que regresaron de la muerte
En las tribus tradicionales el chamán es conocido como un médico del alma. Suelen ser criaturas excéntricas y de comportamiento impredecible, que como regla común han atravesado por situaciones críticas en sus vidas y en muchas ocasiones han sobrevivido a enfermedades muy graves. Por haber conocido las dimensiones del más allá, el chamán es considerado como alguien ya muerto, un muerto viviente.

Mediante iniciaciones buscadas o accidentales, el chamán se convierte en una persona que camina sobre la fina cuerda tendida entre nuestro mundo y lo sobrenatural. Vive simultáneamente en dos dimensiones, y durante sus viajes su conciencia visita un universo más allá del espacio y el tiempo, del que regresa con nuevos conocimientos.

Los expertos, en los últimos años, han constatado asombrosas coincidencias entre las descripciones de los viajes chamánicos y los relatos de las personas que pasaron por una muerte clínica. Las semejanzas entre unos y otros son asombrosas, y la única diferencia parece ser que mientras los que han estado cerca de la muerte llegaron a esa situación por accidente, el chamán es sin embargo capaz de conseguir lo mismo a voluntad, gracias a haberse sometido a un arduo entrenamiento.

Durante sus iniciaciones, los chamanes suelen tener visiones en que la que su cuerpo es descuartizado y disgregado por todo el universo. Pero a pesar de ello, el chamán constata que su sensación más profunda de ser sigue existiendo, pese a que el cuerpo desaparezca. En ese momento el chamán se desapega y pierde todo miedo a la muerte; a partir de entonces se convierte en un “maestro de la muerte”.

Prestar atención a los relatos de los chamanes es una forma de intuir qué nos espera tras la muerte. También ellos hablan de que el reino de la muerte no existe como tal, sino que el más allá es un reflejo de los contenidos de nuestra conciencia. Si en la muerte nuestra conciencia es luminosa, el más allá resultará igualmente radiante; si la conciencia es oscura, el más allá parecerá un lugar tenebroso e inseguro. Este entrenamiento chamánico de la muerte se convierte en un entrenamiento también válido para la vida real. Puesto que tras la muerte los contenidos de nuestra mente pueden hacerse reales, conviene dotar a nuestra mente de contenidos hermosos, y hacerlo cuanto antes.

La muerte, a tenor de los relatos de los clínicamente muertos, los chamanes y los videntes y místicos de todas las culturas, no es ni mucho menos tan aterradora como imaginábamos, sino más bien indescriptible, porque penetramos en una esfera en la que la conciencia opera de una forma desconocida. En realidad, tal vez el miedo a la muerte sea tan sólo algo tan humano como miedo al cambio.




Recuadro 1
La meditación, un entrenamiento para la muerte

Todos los maestros coinciden en que la meditación constituye una forma de trascender el ego, una muerte parcial del ego. En el Zen, la meditación es denominada la Gran Muerte porque gracias a ella la sensación de poseer un yo separado cesa y lo individual penetra en una esfera transpersonal o universal. Precisamente por esto, la meditación también puede convertirse en un ensayo de nuestra futura muerte.

Muchos sistemas de meditación ofrecen técnicas que imitan o inducen en el meditador los distintos estadios del proceso de la muerte, como la ralentización del latido del corazón. Estos tipos de meditación, frecuentes en el tantra hindú y el budismo, no son peligrosos y tienen el objetivo de que cuando llegue la muerte real, no nos resulta difícil reconocer la Luz Clara del mundo espiritual y liberarnos en ella.

Quienes deseen practicar estas técnicas, pueden comenzar concentrando mentalmente todas sus energías en determinados lugares del cuerpo, por ejemplo concentrarse durante media hora en la región del ombligo y visualizar allí una gota roja incandescente. Con ese ejercicio todas nuestras energías se retirarán de sus tareas normales para centrarse en esa área, algo similar a lo que ocurre en la muerte real. Mediante este método, el meditador puede experimentar los distintos niveles de la mente sutil y penetrar en la dimensión espiritual. Lo que sea que experimentemos en esos momentos, tendrá cierta similitud con lo que ocurrirá en nuestros momentos finales y nos familiariza con la experiencia.

Recuadro 2
Elisabeth Kubker-Ross: la muerte y los niños
El pasado día 24 de agosto moría en Phoenix, Estados Unidos, la doctora Elisabeth Kubler-Ross, pionera en el estudio de la muerte y una de las voces que desde el mundo científico con más vehemencia ha defendido la idea de que la conciencia sobrevive al fin del cuerpo. Miles de familias a las que la doctora Kubler-Ross ayudó a encajar la muerte de sus seres queridos tienen una deuda con esta diminuta y enérgica mujer de origen suizo nacida en 1926. Con su muerte, el mundo del pensamiento alternativo ha perdido una de sus voces más firmes y valientes.

Pero, ¿cómo comenzó el interés de esta psiquiatra por la muerte? Pues en la época que era una estudiante, cuando visitó algunos de los campos de exterminio nazi tras la guerra. Elisabeth se sorprendió entonces de que en las paredes de los barracones donde los judíos esperaban su muerte inminente, los más pequeños de ellos, tan jóvenes que ni tan siquiera poseían creencias religiosas, habían dejado plasmados sus sentimientos con respecto a los que les aguardaba. Y lo que más impactó a la joven psiquiatra es que, de una manera natural e instintiva, aquellos niños consideraban la muerte no como un final, sino como un proceso de cambio, una mutación de estado. Como carecían de conceptos para expresar tales sentimientos, aquellos niños lo plasmaron en dibujos de orugas que se transformaban en mariposas.

Esos dibujos infantiles tocaron profundamente a Kubler-Ross, quien a partir de entonces se dedicó en cuerpo y alma a crear una nueva cultura sobre la muerte. Horrorizada por el trato que se dispensaba a los enfermos terminales en los hospitales, se convirtió en una voz crítica, que clamaba porque el paciente recuperase su intimidad y se le permitiese morir no entre los fríos muros de un sanatorio, sino en su casa, rodeado de sus seres queridos y permitiéndole despedirse con paz.

Fue el comienzo de una larga sucesión de denuncias. Elisabeth ayudó a muchos familiares a encajar su pérdida, a saber cómo enfrentarse a la muerte de un ser querido, les explicó cómo apoyar al moribundo, lo que debía hacerse en esos difíciles momentos y lo que debía evitarse. Bajo su tutela se crearon fundaciones y movimientos ciudadanos que reclamaban el derecho a una muerte digna. Y comenzaron a publicarse libros, gracias a los cuales miles de familias recibieron consuelo. Publicó un libro tras otro con sus descubrimientos, hasta un total de 22. Muchos fueron best-sellers, pero todo el dinero ella lo invertía en orfanatos y proyectos asistenciales, jamás en sí misma.

Elisabeth, infatigable, estuvo junto al lecho de muerte de cientos de pacientes, ayudándoles a enfrentarse a su situación, a aceptarla, a comprenderla, y en definitiva a morir con esperanza. Ella fue la primera psiquiatra que describió las fases de la muerte: pánico, negación, depresión, pacto y aceptación, que se convirtieron en un clásico de la psiquiatría.

Pero su mayor inspiración la encontró siempre en los niños. Elisabeth afirmaba que los más pequeños eran sin duda también los más valientes a la hora de encarar la muerte, los que comprendían mejor que ésta suponía una liberación. El símbolo de la mariposa se convirtió en un emblema de su trabajo, porque para Kubler-Ross la muerte era un renacimiento a un estado de vida superior. Los niños –afirmaba- lo saben intuitivamente; si no les contagiamos nuestros miedos y nuestro dolor, ellos tienen la capacidad de enseñarnos muchas cosas.

Indudablemente sus colegas psiquiatras siempre la miraron con escepticismo, como la doctora con caprichos místicos. Jamás le importaron las opiniones ajenas; estaba tan imbuida en su trabajo que siguió adelante, sin un atisbo de duda. Tras entrevistar a miles de personas en trance de muerte, Elisabeth no tenía dudas acerca de la supervivencia del alma. Si le cuestionabas que las visiones de los moribundos eran producto de una alucinación mental, ella respondía: “¿Y qué tipo de alucinación es esa que permite a un ciego de nacimiento que está muriendo contemplar su cuarto desde fuera de su cuerpo, ver a las personas que lo ayudan, describir los colores de sus uniformes, y acertar en todos los detalles?”.

Se enfrentó a su propia muerte con la valentía que había afrontado la de los demás, con el coraje que aprendió de los más pequeños. Los últimos años sufrió varios infartos y sabía que su tiempo había concluido y que su misión, la semilla que había plantado, había comenzado a dar sus frutos. Pidió que la despidieran con alegría, lanzando globos al cielo para anunciar su llegada. Y dijo que ella seguiría ahí arriba, a nuestro lado, “bailando con las galaxias”.

Recuadro 3
Aprender a despedirnos

Si algo llama la atención de los consejos que la doctora Kubler-Ross ha dado a las personas que acompañan a un ser querido en su lecho de muerte, es sobre todo la sencillez de sus premisas. “Cuando se está junto a su cama y se les escucha de verdad –afirmaba Elisabeth- percibes que ellos saben que la muerte está próxima”.

Cuando el enfermo nos dice que sabe que va a morir, debemos aceptar su declaración sin contradecirla. Según Kubler-Ross, la comunicación, aunque el enfermo no pueda hablar, es continua; si prestamos atención, él nos dirá lo que necesita. Estas son las cuatro funciones que Kubler-Ross pide a los que acompañan a un moribundo: escucha verdadera y sin juicios, aceptación, permanecer a su lado y comunicación.

Pero para poder escuchar de verdad, necesitamos antes vaciarnos de nuestros propios asuntos, estar en un estado de calma interior que pueda trasmitirse al enfermo, quien de ese modo también se liberará poco a poco de sus propios asuntos pendientes. “Estar sentado en la cabecera de un moribundo es un regalo –sostiene la psiquiatra-, nuestro mejor maestro. De ahí saldremos más enteros, más enriquecidos”.
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