Última actualización 17/03/2008@14:56:37 GMT+1
Se suele creer que Nechepso-Petosiris es el nombre de un fabuloso astrólogo egipcio, supuesto autor de trascendentales tratados.
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Sin embargo, en realidad es el nombre de un libro atribuido a dos personajes de la rica historia de Egipto: uno, Nechepso, era faraón; el otro, Petosiris, fue sacerdote. Además, no coincidieron en el tiempo. Nechepso, que bien podría ser Necho II, es citado por Manetón como faraón de la XXVI dinastía, que abarcó desde el 663 al 522 a.C. De Petosiris se sabe, en cambio, que antes del año 341 a.C. ya era objeto de culto.
Por supuesto, ninguno de los dos personajes participó en la redacción de tan misterioso y trascendental tratado. Pero, entonces, ¿por qué lleva el nombre de ambos? Al parecer, sus nombres fueron escogidos por tratarse de dos personajes singulares que representaron, de forma prestigiosa, el poder (Nechepso) y el conocimiento (Petosiris). No obstante, se desconoce quién o quienes fueron sus verdaderos autores.
Esta obra, escrita en griego y en un tono profético, probablemente hacia el año 150 a.C. en Alejandría es, definitivamente, mucho más tardía que los personajes citados. Su impacto fue tal que, en cierto modo, se convirtió en la biblia de los astrólogos hasta ser desplazada en el siglo II d.C. cuando surgió la figura de Ptolomeo y su obra capital, el Tetrabiblos . Aún así, llegó a tener, como todo el hermetismo en general, una fuerte influencia sobre los astrólogos y alquimistas del Renacimiento, algunos de ellos tan destacados como el mismo John Dee, mago al servicio de la reina Isabel I de Inglaterra.
La obra recopila conocimientos babilónicos, egipcios y griegos, pero, hasta nuestros días, sólo han llegado algunos fragmentos y muchas referencias. Por eso, sabemos que tenía un contenido que era una mezcla de cosmogonía, astrología y magia, y que se podía dividir en cuatro partes. La primera versaba sobre fenómenos astrales y meteorológicos, como son los eclipses, el orto de la estrella Sirio, fundamental para la civilización egipcia, o los cometas en relación con los signos del Zodíaco. La segunda, de carácter más astrológico, habla de los ciclos buenos y malos, de los viajes, los hijos o el método para calcular la vida de una persona. La tercera y cuarta parte estaban más centradas en una astrología médica y el influjo de los distintos decanatos, los cuales fueron prácticamente la única aportación de la civilización egipcia a la evolución de la Astrología, aunque algunos piensan que realmente los orígenes astrológicos hay que buscarlos en Egipto.
Este tipo de astrología, enredada con la magia, también influyó decisivamente en el Imperio Romano, donde pasó por momentos de esplendor y otros de ostracismo. Sin embargo, con el paso de los siglos, la persistencia en una astrología que frecuentemente rozaba la superstición sería uno de los aspectos que causaría rechazo y que acabó abocando a la ciencia de los astros a una crisis histórica desde el siglo XVII, cuando el orgullo de la razón quiso barrer del mapa del conocimiento humano cualquier otro modo de pensar.